LA INFLUENCIA BÍBLICA EN TERRAZO,

DE ABELARDO DÍAZ ALFARO


Pío Medrano Herrero

1. Introducción

Toda la obra literaria de Abelardo Díaz Alfaro aparece bañada por la Sagrada Escritura. De Terrazo dice la Dra. Concha Meléndez: "Una reposada corriente evangélica fluye a través del libro desde su henchida fuente bíblica, luz del mundo, cristiana religiosidad, que hace de las faenas del trabajador social que es Díaz Alfaro, gozosa oportunidad de servir".

El origen del influjo bíblico en Abelardo hay que buscarlo en la educación cristiana que recibió en el hogar, principalmente de manos de su padre, ministro evangélico: "De los labios de mi padre, hombre de Dios –escribe–, había bebido la linfa abundante y clara del hontanar bíblico". "De él aprendí –añade– que la riqueza no está en las arcas colmadas, sino en los corazones henchidos, ni en la casa suntuosa, sino en la morada siempre abierta, llena de luz, ungida de hospitalidad". Palabras que reflejan el mensaje de Jesús de no preocuparse por amontonar tesoros en la tierra (Mt. 6, 19), sino de practicar la hospitalidad, virtud muy apreciada y recomendada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (Gen. 18, 2-8; 19, 1-3; Ex. 2, 20; Dt. 10, 19; Jue. 19, 17-21; Job. 31, 32; Mt. 25, 35-43; Rom. 12, 13; 1 Tim. 3, 2; 5, 10; Tit. 1, 8; Heb. 13, 2; 1 Pe. 4, 9).

Educado en un ambiente tan propicio, imbuido de unos principios tan excelentes, Díaz Alfaro se propuso comunicarlos a los demás. Como trabajador social palpó un pecado gigantesco arraigado en Puerto Rico: la injusticia contra el jíbaro, la existencia paupérrima, agónica, de la gente sencilla del campo. Escribe en Terrazo: "Había sido nombrado trabajador social en aquel barrio de Yaurel, de cuyo nombre sí quiero acordarme. Allí me hice hombre: jaleo de negro esclavo uncido al atavismo de la central, vidas ancladas al surco, miseria y más miseria que templaron mi alma en el tráfago de las injusticias sociales".

Esta triste realidad del país le sirvió de acicate a nuestro autor para convertirse en 'profeta' moderno, debelador de la injusticia por medio de la palabra artísticamente elaborada.

 

2. Problemática de la Biblia y de Terrazo

Entre la variedad de grandes temas que trata la Biblia, hay uno en manifiesta semejanza con el que sirve de fondo a los cuentos, estampas y retratos de Terrazo: la problemática social, la situación del pobre, del indigente, del oprimido. Si bien en las Sagradas Escrituras "estaba en sus orígenes la conciencia de los problemas sociales, los cuales se presentaban de forma también muy distinta de la actual", sin embargo, el meollo temático es el mismo en la Biblia y en el libro del escritor cagüeño: la defensa del pobre y el ataque a las injusticias cometidas por el poderoso contra el débil. Los defensores de los israelitas oprimidos fueron los profetas; de los jíbaros puertorriqueños pintados en Terrazo lo es Abelardo Díaz Alfaro. Los primeros realizan su condena con voz enérgica, dura, violenta; el segundo, de un modo no menos dolorido, pero sí más sosegado.

Muchos de los pobres que aparecen en los escritos bíblicos son víctimas de la injusticia humana. Los profetas atacan "la avidez de riquezas obtenidas en detrimento de los derechos del pobre". E1 profeta Amós condena los abusos de Israel, denuncia la conducta de los que avasallan al pobre. Yavé será inflexible "porque venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que pisan la cabeza de los débiles y el camino de los humildes tuercen" (Am. 2, 6-7). Anatematiza a los explotadores: "Escuchad esto los que pisoteáis al pobre y queréis suprimir a los humildes de la tierra... achicando la medida y aumentando el peso, falsificando balanzas de fraude, comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta las ahechaduras del grano" (Am. 8, 4-6). Ezequiel levanta su dedo acusador. "El pueblo de la tierra ha hecho violencia y cometido pillaje, ha oprimido al pobre y al indigente, ha maltratado al forastero sin ningún derecho" (Ez. 22, 29). También Isaías alza la voz: "Yavé demanda en juicio a los ancianos de su pueblo y a sus jefes. Vosotros habéis incendiado la viña, lo robado al pobre tenéis en vuestras casas. Pero ¿qué os importa? Machacáis a mi pueblo y moléis el rostro de los pobres" (Is. 3, 14-15). El mismo profeta se queja de los acaparadores de tierras: "¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país" (Is. 5, 8).

Cambiadas las circunstancias de lugar y tiempo, la historia se repite. Lo que sucedía en el Israel bíblico acontece en el Puerto Rico de Terrazo. Como un profeta veterotestamentario, Abelardo anatematiza la miseria, la injusticia y la postración en que vive su pueblo jíbaro. Su crítica no es violenta, como la de Amós, ni amenazante como la de otros profetas, sino que está revestida de "esa ironía salvadora con que el cristiano sabe sortear escollos de rencor, tragedia o desengaño".

Si en Israel, como hemos visto, existía la usurpación y el acaparamiento de terrenos, en Puerto Rico acaece otro tanto tras el cambio de soberanía. Así lo cuenta Abelardo en 'El gesto de la abuela':

Algunos amigos se allegaron a la abuela y le indicaron que los americanos estaban comprando las fincas por sumas exorbitantes, y la instaron a que vendiera la suya... Recibió a los rubios mercaderes con la cortesía de los bien nacidos, pero su corazón estaba en acecho. Le ofrecieron más del doble del valor real de la finca. No obstante, permaneció inmutable resistiendo la tentación... Exclamó llena de santa ira: 'Yo no vendo un pedazo de mi patria'.

En'Bagazo' se señala: "Ese rubio (Mr. Power, el administrador de la central) no sabe lo que es la jambre de un pobre. ¿Y en dónde le van a dar trabajo? No lo querrán por viejo, por pobre, por negro. Esa es la paga que recibe después de haber dejado su vida truncada en los cañaverales, para lucrar a los blancos". En 'Boliche' se presenta la incertidumbre constante en que vive el hombre del tabacal. "El cosechero de tabaco vive eternamente soñando un desquite. Como el jugador de azar que espera en una última carta recuperar todo lo perdido, y pierde aún lo que le queda. Así el pequeño tabacalero, buscando un desquite, que a veces nunca llega, pierde su finca y el pan de los hijos". Otras veces en que la cosecha ha sido abundante, la sonrisa no fructifica en casa del cosechero porque la troncha el temporal inclemente. Para colmo de desgracias, "vinieron la baja de precio y la consiguiente arruinadora venta del tabaco. Y todo merma para el cosechero y todo ganancias para el acaparador". Esta situación anómala es causa de la existencia de vidas rotas y miserables:

¡Pobres mujeres, pobres hombres y pobres niños! Hombres de míseros jornales, curvados de sol a sol, macilentos, de cuerpos magros, comidos por la anemia, hurgados por el hambre. Caras casi verdosas, como la hoja amarga del tabaco. Mujeres gastadas por la maternidad y el trabajo excesivo. Niños prematuramente viejos, que no saben de los Reyes Magos y sí de la noche mala, y del 'puya', cuando lo hay.

En 'El cuento de baquiné' la situación del negro es lastimosa: "A la sombra del 'jumazo' de la central una humanidad doliente, quemada por el sol canicular, gime penas de esclavo... Bueyes y hombres uncidos al mismo yugo y a la misma mansedumbre". La vida del negro es "trabajo y más trabajo, dolor y más dolor", superstición, enfermedad y, como "epílogo de esas vidas anónimas, en lucha con todas las miserias", la muerte. En 'El entierrito' se pinta este cuadro patético: "Venía por la carretera un campesino con la cajita blanca de un muertecito en la cabeza... El rostro sin sangre, denotando cansancio del camino; pero más cansancio y angustia del vivir". En 'Don Fruto Torres' la miseria se repite: "Asomaba la miseria su faz macilenta en cada mediagüita. Niños adiposos y anémicos, mujeres ajadas y hombres gastados, que más bien parecían fantasmas sobre un valle de desolación". A la pobreza material del campesino puertorriqueño hay que añadir la intelectual. Don Goyito tiene hambre..., hambre del pan sabroso de la cultura. Dice Díaz Alfaro: "La tragedia de su vida de inconforme la expresa en esta frase: 'Místel, ¡si yo supiera leer! El que no sabe es como el que no ve'".

Sirvan estas breves indicaciones para ver cómo "Díaz Alfaro nos ha dado toda la intensidad del drama puertorriqueño: la esclavitud colonial, la inhumana explotación económica, los males del hombre, el desempleo, la miseria y la enfermedad", drama que parece arrancado de las páginas de la Biblia, donde –ya lo hemos visto– los profetas levantan la voz para pedir a Yavé justicia por los oprimidos del pueblo. Pero tanto los profetas bíblicos como el 'profeta' cagüeño no se quedan en los improperios sino que pasan a la exhortación positiva: "Practicad el derecho y la justicia, librad al oprimido de manos del opresor, y al forastero, al huérfano y a la viuda no atropelléis; no hagáis violencia ni derraméis sangre inocente en este lugar" (Jer. 22, 3). Este deseo será realidad cuando llegue el Mesías (Is. 11, 4). Jesús, con su mensaje liberador, se dirige principalmente a los pobres, menesterosos, enfermos, necesitados, arrinconados de la sociedad. Aunque su prédica no es predominantemente de cariz social sino religioso; aunque su ataque no es directo contra la injusticia sino contra la hipocresía farisaica, no obstante, la entrega y el amor sin límites de Cristo a los indigentes es palpable. Se manifiesta, en primer lugar, en que él mismo es un verdadero pobre. Asume la actitud de pobreza al nacer en un establo (Lc. 2, 7), adulto "no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt. 8, 20) y muere pobre de solemnidad desnudo en la cruz (Mt. 27, 35). En segundo lugar, Jesús ha sido "enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva" (Lc. 4, 18) y es en los despreciados de la sociedad en quienes realiza los milagros: "Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva" (Mt. 11, 5). Su amor a los pobres es tal que llega a proclamar: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis" (Lc. 6, 20-21; Mt. 5, 3ss).

Este mismo espíritu corre por la pluma de Abelardo Díaz Alfaro, de tal manera que no sólo sabe el mensaje cristiano sino que llega hasta sentirse Mesías: "Me creía yo en aquella mañana, Cristo Redentor por los caminos polvorientos de Judea". En otro momento ansía poseer la paciencia de Jesús. Ante la miseria de los humildes, confiesa: "Anhelé en ese instante tener un poco de aquella paciencia que ungía al Maestro en la agonía del huerto". Nuestro escritor cala hondo en el mensaje cristiano cuando ve al mismo Salvador en el prójimo sufriente. De Don Fruto Torres dice: "Tenía algo de Quijote vencido, de gloria venida a menos. Me traía a la mente aquel Cristo blanco, desangrado, crucificado en el Calvario del cañizar". Esta identificación de Cristo-calvario / jíbaro-cañaveral-cafetal-tabacal se repite en Mi isla soñada. En Terrazo se da la versión moderna de la Dolorosa: "Contemplé con veneración aquel rostro de mujer abnegada, dolorosa, crucificada en la angustia del tabacal".

Vemos, pues, esta clara semejanza entre un tema bíblico y la problemática puertorriqueña que presenta Díaz Alfaro. Veamos ahora el modo de ser de la jibaría: sus valores morales y religiosos, enraizados en la Sagrada Escritura.

Los jíbaros aparecen en Terrazo como gente marginada que se debate entre la esperanza y la desesperanza, con el triunfo definitivo de la primera, merced al temple estoico de su espíritu y gracias, sobre todo, a su cristiana religiosidad.

El negro Domingo de 'Bagazo', angustiado por la miseria en que vive, "por primera vez en su vida mansa de buey viejo siente el rencor crecerle en el pecho como mala yorba", pero su mujer Susana le consuela: "No se apure, negro, que Dios no le falta a naide". Esta humilde mujer parece una copia de los Pobres de Yavé, quienes, no obstante las dificultades, tenían "la humildad total y sincera ante Dios, unida a una fe y confianza absolutas en el Santo, Fiel y Misericordioso".

En 'El fruto' se masca la tragedia de los hijos que se mueren sin llegar a grandes. Tello se rebela:

"–Dios se olvía e nosotros.

–Tello –increpa la Juana temerosa.–Mira que nos pué castigá.

–¿Más de lo que nos ha castigao?

–Tello, por la Virgen, no blasfeme. Con eso no se jace na".

La desesperanza arrecia. La Juana le dice que está encinta. Tello exclama:

"–No, mujer, no, pa que lo pase lo mesmo que al otro. Pa que dispués e crialo se nos muera. Pa que le pase al igual que al tabaco que dispué de florecío se pierde. No Juana".

La atmósfera crece en dramatismo:

"–Sí, acabar con todo de un viaje, de un tajo.

La idea se hace más luminosa:

–¿Para qué esperar y luchar"? Desclava el perrillo hundido en el tabique y avanza dispuesto a consumar su torvo pensamiento".

La tragedia de Tello es la tragedia que vive el profeta Jeremías perseguido por sus adversarios: "¡Maldito el día en que nací! ¡El día que me dio a luz mi madre no sea bendito!... ¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días"? (Jer. 20, 14 y 18).

Mas la desesperación de ambos se trueca en fe y confianza. A Tello

se le paralizan las manos, le corre un sudor copioso por el cuerpo. Se le doblan las rodillas. Siente ganas de gritar, de llorar, pero la voz se ahoga. La mirada estrábica se ha clavado en el crucifijo, que tiende sus brazos negros y torcidos abiertos al perdón. Y cae de hinojos. Y el llanto acude desbordante, sonoro, como el sonar del chorro en el cauce limoso de las piedras. Y las palabras a borbotones, temblorosas, estremecen los tabiques:

–La mujer es buena como la tierra y el fruto es de Dios.

Escena de impresionante patetismo que finaliza en un encuentro conmovedor entre Tello arrepentido y Cristo perdonador. También Jeremías, a pesar de tantas imprecaciones, persecuciones y sufrimientos, mantiene su confianza en Dios: "Pero Yavé está conmigo, cual campeón poderoso, Y así mis enemigos tropezarán impotentes" (Jer. 20, 1l).

Tal como Díaz Alfaro presenta las familias campesinas puertorriqueñas, se dan en ellas dos características que Paul de Surgy señala en los Pobres de Yavé: "La primera es la pobreza real o sus equivalentes, el sufrimiento, las persecuciones, ate... La segunda característica es el trato fraternal y solícito para con los débiles y pequeños, que tiene con sus semejantes el pobre de Yavé, fiel a la Ley".

Los campesinos de Terrazo son –ya lo hemos visto– radicalmente pobres y, además, gentes que "se doctoraron en dolor y sentaron cátedra de sacrificio", a imitación de Cristo, genuino Siervo de Yavé (Is. 42, 1) y modélico "varón de dolores" (Is, 53, 3). Personas sufridas, los jíbaros tienen gran capacidad para compartir la pena ajena: "hay que esperar más simpatía para el dolor humano de los pobres que de los ricos". Son gentes pobres y generosas: "Don Rafa es rico en su pobreza; es de aquellos que de lo que no tienen, dan", proceder acorde con la palabra del Señor: "Mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Act. 20, 35). Y agradecidas: "No olvido un favor que se me hace", afirma don Rafa. Esa gratitud a veces la expresan con la plegaria. Don Fruto dice a Díaz Alfaro: "Mi familia y yo rezaremos por usté". Cultivan la mejor religiosidad: "Don Rafa practica la alta religión del servicio, siempre que se le pide un favor, dice que sí", actitud que entronca tan certeramente con el dicho de Jesús: "Yo no he venido a ser servido sino a servir" (Ma. 10, 45) y con la predicación apostólica: "No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según verdad" (1 Jn. 3, 17; Sant. 1, 22; 2, 14ss). El humilde don Goyito lo pregunta a Díaz Alfaro: "Místel, ¿por qué esas gentes se empeñan en resolver sus pendencias por la fuerza matándose? ¿No somos acaso todos hijos de un mismo Dios?" Pensamientos hermosos que reflejan de modo sencillo la doctrina cristiana del amor al prójimo y la bella realidad de la filiación divina (1 Jn. 3, l). En ocasiones la religiosidad jíbara aparece envuelta en un halo supersticioso. En 'El cuento de baquiné' los que celebran el acto en el batey de la casa de Tano con ocasión de la muerte del niño Melo, tienen puesta su fe y esperanza en la hoja de baquiña: "Es la superstición de la hoja milagrera que cura con el santiguo". Caso similar sucede en 'La receta del curioso' donde doña Juana acude al curandero para que le recete algún mejunje que cure a Pedro, enfermo de calentura.

Una constante que Abelardo señala en el pobre campesino de Puerto Rico es la esperanza, sueño eterno del pobre, virtud cristiana. Don Rafa tiene unos "ojos verdosos de donde fluye una luz tenue, suave; luz de esperanza". En 'El cuento de baquiné' se habla de la "flor de los muertos. Flor que crece al borde de las tumbas de los miserables... Flor quién sabe de la esperanza, flor del más allá, flor del espífitu". Cuando el escritor cagüeño quiere luchar contra la superstición e ignorancia de las gentes sencillas como doña Juana en 'La receta del curioso', oye la frase antológica de don Marce: "Nunca mates la flor de una esperanza, cuando de la vida sólo quedan ruinas". En 'Don Fruto Torres', Abelardo comenta: "'Nada más largo que la esperanza de un pobre', sublime expresión que explica por qué el jíbaro puede sobrevivir a tanta injusticia. De la esperanza vive y con ella muere. Única joya que posee el pobre de la montaña". Esta experiencia le lleva a confesar en 'El entierrito': "Los campesinos me enseñaron a vivir de la esperanza". No sólo el hombre, hasta la naturaleza participa de esa virtud: "La tierra –labios de moribundo sediento– aguarda implorante la limosna de lágrimas del cielo. En la inclemencia azul ni una nube presagera de lluvia. Surcos abiertos como una esperanza".

Una vez más se observa el entronque escriturístico del texto abelardiano. Por un lado, elogia la esperanza, joya del jíbaro, virtud bíblica que, junto con la fe y la caridad, integra el trípode esencial del cristianismo. Por otro, funde en íntimo abrazo al campesino con su tierra. Los dos –hombre y naturaleza– esperan ansiosos la redención, como en el texto paulino (Rom. 8, 18-25) el hombre y la creación –rebosantes de esperanza– anhelan la plena manifestación, la salvación definitiva. En ambos autores –mutatis mutandis–, los hombres, no obstante los sufrimientos del momento presente, aguardan espectantes la salvación que llegará, y en esta espera participa también la creación inanimada. Nuestro escritor, pues, entronca la esperanza del jíbaro con la esperanza bíblica del pobre de Yavé en el Antiguo Testamento y la cristiana en el Nuevo Testamento, y presenta "la inseparable unión de la naturaleza, de la creación entera a los destinos del ser humano..., dogma básico de toda la literatura bíblica".

 

3. El hontanar bíblico de Terrazo

Presento ahora unos pasajes de Terrazo y los comparo con textos de la Sagrada Escritura para recalcar en el inagotable filón bíblico de Abelardo Díaz Alfaro y ver cómo la palabra de Dios empapa cada página del referido libro.

El negro Domingo "siente el rencor crecerle en el pecho como mala yerba". Esta imagen tiene su parecido con la parábola evangélica de la cizaña (Mt. 13, 24-26).

"A la Susana, tuvimos que detenerla; quería irse tras el muertecito. Todavía me parece escuchar sus gritos de angustia: 'Pobre compay Juan, pobre hijo mío; esta noche bajo tierras'". Semeja el cuadro doloroso de la viuda de Naím tras el féretro de su hijo único muerto (Lc. 7, 11ss).

"Un rayito de sol, una 'miajita' de luz se coló por entre las tablas de palma posándose en la faz nazarena de don Pedro". Proyección de Jesús Nazareno en el hombre que sufre.

Don Fruto Torres, que lleva "la ropa suelta al viento, crucificada de remiendos como su vida" y es visto por Abelardo como "un Cristo blanco, desangrado, crucificado en el Calvario del cañizar", prorrumpe aquejado: "Místel, yo soy una res vieja camino del matado". Alusión a lo que el profeta refiere del Mesías: "Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca" (Is. 53, 7).

"Dentro, en la estrecha y única habitación, un anciano se mecía en una hamaca deshilachada. Desnudo el busto enclenque, como mártir torturado". Semejanza con el mártir del Gólgota u otro mártir del santoral.

Abelardo presenta así a don Rafa: "Este mi amigo don Rafa es un hombre bueno. ¿Qué más puede decirse de un hombre? Es humilde y manso como el buey viejo. ¿Y acaso el reino de los cielos no es de los humildes y de los mansos?" Sigue Díaz Alfaro identificando al jíbaro con Cristo. Veamos: Don Rafa es un hombre bueno; Cristo también lo es (Mc. 10, 17). Don Rafa es humilde y manso como buey viejo; Jesús, el Maestro bueno, dice: "Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt. 11, 29). "¿Y acaso el reino de los cielos no es de los humildes y mansos?" Clara referencia a la bienaventuranza de Cristo que reza así: "Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán en herencia la tierra" (Mt. 5, 4).

A don Rafa "la palabra le brota como al profeta Amós en metáforas de la naturaleza". Ese es, en efecto, el procedimiento que sigue dicho profeta. La Biblia de Jerusalén comenta al respecto:

Con la rudeza sencilla y noble, y con la riqueza de las imágenes de un hombre del desierto, Amós condena en nombre de Dios la vida corrompida de las ciudades, las injusticias sociales, la falsa seguridad que se pone en ritos en que el alma no se compromete.

El corazón de don Rafa "es tierra virgen, tierra blanda que mana leche y miel de bondad". La Biblia dice hiperbólicamente de la Tierra Prometida que "mana leche y miel" (Ex. 3, 8).

"La letra mata y el espíritu vivifica". Cita directa de San Pablo (2 Cor. 3, 6).

"Y fue como la ofrenda de la viuda multiplicada en compensaciones". Alusión a la ofrenda de la viuda en el templo de Jerusalén (Mc. 12, 41-44) o a la viuda de Sarepta (1 Re. 17, 7ss).

En 'Don Goyito' encontramos lo siguiente: "Porque le ha mordido cual un can hambriento sus carnes flácidas". Parentesco con el versículo 17 del salmo 22, que precede al cuento 'Los perros.' "Luz que hiciera exclamar al Maestro aquello de 'Yo soy la luz del mundo'". Cita expresa del evangelio (Jn. 8, 12). Al iletrado don Goyito su compaisano don Marcelo le leía, entre otros libros, la "Biblia". "Ya lo dijo aquel de los Cantares y el Eclesiastés: 'Quien añade sabiduría, añade dolor'". Así aparece en Ecles. 1, 18.

Peyo Mercé "pensó en el pan nuestro de cada día". Calco de la oración dominical (Mt. 6, 11). Algo más sobre Peyo Mercé. Si a los sufridos jíbaros del cafetal y del cañaveral Abelardo Díaz Alfaro los emparenta con el Cristo doloroso y paciente del Calvario, a Peyo Mercé, maestro rural en el barrio de La Cuchilla, lo entronca con Jesús Maestro. La actitud del sencillo Peyo Mercé es la de amoldarse a la realidad de sus alumnos, de su ambiente, para transmitir mejor y hacer comprensibles con mayor facilidad sus enseñanzas: "Su verbo docente se traducía en metáforas, en parábolas, arrancadas a la naturaleza, a la vida misma, que es el más profundo de los libros". Idéntico era el proceder de Jesús. A sus oyentes "les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas" (Mc. 4, 2; Mt. 13, 34) tomadas igualmente de la naturaleza y de la vida: la del sembrador, de la cizaña, la levadura, la oveja perdida... "El fin general de las parábolas de Jesús fue, sin género de dudas, el de instruir al pueblo y, por cierto, como se deduce de la forma y contenido de las parábolas, exponer ante sus oyentes de entonces, en forma plástica y accesible aun a la gente sencilla, la realidad sobrenatural del reino de Dios por Él predicado". Quienes se benefician del magisterio de Peyo Mercé son las gentes sencillas, principalmente los niños, sus alumnos. Aunque sabe que la enseñanza en inglés le va a llevar por la calle de la Amargura –"con ese libro debo iniciar mi nuevo vía crucis", dice– sin embargo, como el Maestro del evangelio, no tendrá miedo a las dificultades o al menos el amor a los niños será tan fuerte como para superarlas: "La indignación que –a Peyo Mercé– le produjera la carta del supervisor, se fue disipando a medida que se llenaba el salón de aquellos sus hijos. Los quería por ser de su misma laya y porque les presentía un destino oscuro como noche de cerrazón". Este amor de Peyo a los niños es el amor de Cristo: "Dejad que los niños vengan a mí" (Mc. 10, 14); el amor de Peyo Mercé a sus alumnos es el que Jesús profesa a sus discípulos, a quienes instruía en el misterio de su persona (Mc. 9, 31); este amor de Peyo por los niños campesinos "de caras marchitas (con) el brillo tenue de los ojos de bambre", es el amor del Maestro de Palestina por las multitudes hambrientas que lo siguen (Mt. 14, 15-16; 15, 32; Mc. 6, 34; Lc. 9, 12-13) y a las que alimenta con pan material y espiritual. En contrapartida, lo mismo que Cristo era amado por sus seguidores, también "Peyo era querido y respetado por sus discípulos".

He dejado para el final un párrafo de 'El gesto de la abuela', que está preñado de elementos bíblicos. Helo aquí:

Y fue para el cambio de soberanía. Con la nueva forma de gobierno vinieron rubios mercaderes. Traían las bolsas repletas de denarios. Ofrecían sumas exorbitantes por las tierras costaneras, y los ilusos vendieron el patrimonio de sus mayores, por un plato de lentejas de oro. En esa misma época, se escuchó el verbo admonitivo de aquel profeta que se llamó Matienzo Cintrón: 'No vendáis vuestras tierras'. Pero su voz, cual la simiente de la parábola, cayó sobre terreno estéril, y los hombres de poca fe y los ilotas recibieron con befas el Verbo encendido del profeta. Y en francachelas y en jugadas de gallos, vilipendiaron el porvenir de la patria. Y fue oro maldito, oro de Judas, oro tinto en sangre de hijos. Y vinieron a ser peones los una vez señores de las fincas. Y hoy lloran como Boabdil lo que no supieron defender como hombres.

Desgloso ahora el texto para confirmar su entronque bíblico: "Vinieron rubios mercaderes". Ciertamente se refiere a los norteamericanos, pero vemos su parecido bíblico con los mercaderes que compraron a José (Gn. 37, 28) o incluso con los mercaderes que traficaban en el templo de Jerusalén (Mc. 11, 15-16). "Traían bolsas repletas de denarios". En muchos lugares de la Biblia se habla de la "bolsa" como un instrumento para guardar el dinero (Gn. 42, 35; 2 Re. 5, 23; Tob. 9, 5; Is. 46, 6; Prov. 1, 14; 7, 20). Judas Iscariote llevaba la bolsa (Jn. 12, 6; 13, 29). El denario, moneda romana de plata, aparece en Mt. 22, 19; 20, 2.9.13. "Los ilusos vendieron el patrimonio de sus mayores, por un plato de lentejas de oro". Como Esaú vendió a Jacob su primogenitura por un "guiso de lentejas;" (Gn. 25, 31-34). "Se escuchó el verbo admonitivo de aquel profeta que se llamó Matienzo Cintrón: 'No vendáis vuestras tierras'". De igual modo los profetas veterotestamentarios fustigaban con palabra enérgica a los acaparadores de terrenos (Is. 5, 8; Mi. 2, 2). "Pero su voz, cual la simiente de la parábola, cayó sobre terreno estéril". Referencia a la parábola del sembrador (Mt. 13, 3-7; Mc. 4, 3-9; Lc. 8, 5-8). "Y los hombres de poca fe". La frase aparece textualmente en Mt. 8, 26; 6, 30. Y los ilotas "recibieron con befas el Verbo encendido del profeta", como los judíos hicieron otro tanto con los mensajeros de Yavé, sobre todo con el que era mucho más que profeta, Cristo Jesús, que "vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron" (Jn. 1, 11). "Y en francachelas y en jugadas de gallos, vilipendiaron el porvenir de la patria". Idéntico proceder tuvo el hijo pródigo que "malgastó la hacienda paterna viviendo como un libertino" (Lc, 15, 13). "Y fue oro maldito, oro de Judas, oro tinto en sangre de hijos". Los puertorriqueños que vendieron sus tierras a los norteamericanos ganaron un dinero maldito, ensangrentado, como lo fue el que ganó el Iscariote al vender a su Maestro (Mt. 27, 6).

 

4. Conclusión

Es manifiesta la influencia bíblica en Abelardo Díaz Alfaro. En nuestra exposición hemos visto el paralelismo entre la problemática social de Israel y de Terrazo en ambientes, situaciones y personajes. Con enfoque profético y cristiano, el autor presenta su queja por la vida angustiosa del jíbaro en los años cuarenta. A diferencia de otros famosos escritores para quienes la Biblia es sólo recurso estético, en Abelardo es, sobre todo, apoyo ideológico, fundamento doctrinal. Ha constatado la gran semejanza entre la situación bíblica y la puertorriqueña y ha recurrido al Texto Sagrado para embellecer su escrito con los procedimientos literarios de la Escritura, pero principalmente para extraer de la Palabra divina la enseñanza verdadera que erradique los males sociales del país.

En contraste con la pobreza material, nuestro escritor presenta al jíbaro rico en valores espirituales, émulo de los pobres de Yavé y paradigma de las bienaventuranzas cristianas: pobre y sufrido, solícito y fraternal, generoso y agradecido, caritativo y pacífico, religioso y, ante todo, esperanzado. Sabe muy bien el autor que un hombre –o un pueblo–, cuando pierde la esperanza, se degrada, se suicida, como el Josco.

En Terrazo, Díaz Alfaro –magnífico cuentista, identificado hasta la médula con su gente–, pinta con todo realismo el drama insular de hace unos ocho lustros a través de las penas, frustraciones, amarguras, ilusiones y esperanzas del campesino, figura del hombre universal. Aunque la situación isleña y mundial ha evolucionado notablemente en estas últimas cuatro décadas, el mensaje abelardiano tiene plena vigencia, a saber: defensa de la justicia; respeto por la tierra, la naturaleza, la creación; estima de lo propio, de la tradición; aprecio y vivencia de los valores morales y religiosos; cultivo de la esperanza.

Todo un programa de vida para el puertorriqueño de hoy, en particular, –y el hombre contemporáneo, en general–, que se encuentra inmerso en el mundo de los contravalores: la injusticia, el deterioro ambiental, el apego a lo foráneo en menoscabo de lo autóctono, la irreligiosidad y la desesperación.

Ojalá no se pierda en el vacío la voz consoladora de Abelardo Díaz Alfaro, 'profeta' puertorriqueño que vive en medio de nosotros.

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(NOTA: Este artículo apareció en Horizontes, revista de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, año XXVI, núms. 51-52, octubre 1982-abril 1983, pp. 5-18, donde se encuentran las notas al calce).